Alexandre Kojève: The Religious Metaphysics of Vladimir Solovyov

The Religious Metaphysics of Vladimir Solovyov Couverture du livre The Religious Metaphysics of Vladimir Solovyov
Alexandre Kojève. Translated by Merlin, I., Pozdniakov, M.
Palgrave Pivot
2019
Hardback 58,84 €
VII, 81

Reviewed by: María D. García-Arnaldos (Universidad CEU-San Pablo, Spain)

Alexandre Kojève fue un filósofo francés conocido principalmente por su influyente seminario sobre Hegel en la École Pratique des Hautes Études en los años 30. Estas conferencias ejercieron una influencia en intelectuales franceses difícil de medir. Es conocido también por su teoría del “fin de la historia” (teoría que F. Fukuyama más tarde desarrolló y divulgó: The End of History and the Last Man, 1992) y por su marxismo existencial. A partir de 1945 pasó a ser un alto funcionario del Estado francés, ocupación que no le impidió continuar con el trabajo filosófico, publicado buena parte de él, tras su muerte en 1968.

Alexandre Kojernikoff nació en Moscú el 11 de mayo de 1902. Poco antes de 1920 decidió dejar Rusia y acabó estudiando filosofía en Alemania. Durante su formación frecuentó tanto Heidelberg como Berlín. Aunque el neokantismo era una de las escuelas en boga con H. Rickert a la cabeza, Kojève eligió otra figura de referencia como Karl Jaspers para la realización de su tesis centrada en el filósofo ruso Vladimir Soloviev. Precisamente, en Heidelberg bajo la supervisión de Karl Jaspers completó su disertación en lengua alemana (Die religiöse Philosophie Wladimir Solowjews) en 1926. Esta disertación se adaptó al francés (La métaphysique religieuse de Vladimir Soloviev) y se publicó como ensayo en dos partes, en 1934 y 1935, mientras Kojève dirigía sus famosos seminarios sobre Hegel. El ensayo fue publicado en la revista francesa Revue d’Historie et de Philosophie Religieuses XIV, 1934, n.6, 534-54 (primera parte) y XV, 1935, n. 1-2, 110-152 (segunda parte).

Traducida ahora al inglés, The Religious Metaphysics of Vladimir Solovyov, es una obra que presenta el esfuerzo de Kojève de unificar la filosofía de la religión de Vladimir Soloviev. En la edición inglesa, el libro se encuentra dividido en tres apartados: una introducción de los traductores y las dos partes en que se compone la obra. En la introducción se aclara la exigente tarea de interpretación de algunos pasajes y términos del texto, así como del método seguido por Kojève. En cuanto a la obra, contiene dos secciones: la Doctrina de Dios (dividida a su vez en tres partes) y la Doctrina del Mundo.

En este breve ensayo, Kojève se propone la sistematización de la metafísica –sistematización en la que Soloviev trabajó durante años, pero que no fue capaz de articular completamente en su corta vida– aunque con un objetivo diferente. Para Kojève, se trataría de un sistema metafísico que explique el libre obrar humano enraizado en su propia historia, pero sin recurrir a Dios. La relación del ser humano con Dios y consigo mismo a través de Dios, aunque sin el concurso de Dios, será un tema constante en su pensamiento. Qué pudo haber llevado a un exponente del marxismo existencial al análisis de una metafísica religiosa; en qué medida impulsó ese acercamiento de autores pertenecientes a otras corrientes, el afán incesante de Soloviev de presentar el cristianismo en forma de sistema filosófico, como una cosmovisión en donde la fe, la filosofía y el pensamiento social se entretejen, son preguntas pertinentes si queremos conocer a dos pensadores inusuales.

Comenzamos por la primera cuestión: cómo el área de la metafísica religiosa pudo atraer a pensadores que se sumaron al marxismo. Si bien por una parte escritores de la talla de Dostoievsky y Tolstoi ejercieron una cierta influencia, dado que no eran filósofos profesionales, su alcance fue parcial. Copleston en su Historia de la Filosofía, en el volumen dedicado a los pensadores rusos, (Russian Philosophy, Vol. X, 2003, pp. 200 y ss) sugiere que, en parte, el que hubiese un espacio abierto a una nueva atmósfera intelectual distinta al materialismo y positivismo, se debió a la obra de Soloviev. A modo de esbozo, Vladímir S. Soloviev (1853-1900) fue una figura poliédrica que impulsó el desarrollo de la filosofía rusa de finales del XIX. Fue amigo de Dostoievsky e influyó en pensadores como N. Lossky, P. Florensky o S. Bulgákov. Algunas de sus obras son: Crisis de la filosofía occidental, 1874; Crítica de los principios abstractos, 1880; El sentido del amor, 1892-1894 y La justificación del Bien, 1897.

En The Religious Metaphysics of Vladimir Solovyov, Kojève presenta la metafísica de este pensador ruso en el conjunto de su obra, como núcleo de su pensamiento y punto de partida necesario para comprender su recorrido intelectual. Introduce dicha obra cronológicamente diferenciando tres periodos. En el primero, los escritos de Soloviev ofrecen una introducción histórica y crítica a su sistema filosófico, con el objetivo de demostrar la necesidad de una nueva metafísica que sea síntesis y superación de las metafísicas precedentes (The Religious Metaphysics of Vladimir Solovyov [en adelante RM], p. 15). En el segundo periodo, más breve, el pensador ruso elabora su nueva metafísica. El tercer periodo se caracteriza por un alejamiento del deseo de sistematizar esa metafísica y por abrir espacio al desarrollo de diferentes temas, todos con la característica en común de ser una aplicación de su metafísica. Soloviev murió sin haber llegado a precisar y sistematizar su metafísica en la que seguía trabajando.

Según Kojeve, la teoría metafísica de Soloviev se encuentra recogida fundamentalmente en cuatro libros: Critique of Abstract Principles (1877–1880), Philosophical Principles of Integral Knowledge (1877, inacabado), y Lectures on Divine Humanity (1887–1890), que originalmente fueron escritos en ruso y, Russia and the Universal Church (1889), que originalmente fue escrito en francés. A partir de estos cuatro textos, Kojève desarrolla lo que considera que son las características de la metafísica del pensador ruso, con el objetivo de llegar a exponer un sistema de metafísica completo y autónomo (RM, p. 18). En primer lugar, es una metafísica que tiene un carácter místico y religioso; se podría considerar metafísica teológica, ya que el objetivo de Soloviev es otorgar una formulación sistemática y racional a la revelación cristiana. Para el pensador ruso, el contenido de la metafísica proviene de la experiencia mística y el trabajo filosófico consistiría en la exposición o análisis de los elementos abstractos de su presentación. Sin embargo, aunque el conocimiento religioso tradicional y la experiencia mística individual fundamentan la doctrina de Soloviev, ambas no le resultan suficientes. A la fe y la experiencia religiosa o mística hay que unirle el pensamiento. Estos tres elementos, fe, pensamiento y experiencia mística, conforman la filosofía de la religión de Soloviev. Precisamente, el pensador ruso mantuvo hasta el final la idea de que la tarea de la filosofía no solo consiste en clarificar y enriquecer los conceptos provenientes de la experiencia mística, sino que el filósofo debe examinar sus presuposiciones y no darlas por sentado.

Además de la tradición teológica cristiana, Soloviev se nutre del Idealismo alemán (RM, p. 19); la metafísica de Schelling resuena en sus escritos, señala Kojève, aunque apenas aparece mencionado. Hay, sobre todo, profundas consonancias con el último Schelling (Investigaciones filosóficas sobre la esencia de la libertad humana y los objetos con ella relacionados, 1809).

La primera sección del libro, “La doctrina de Dios”, se encuentra dividida a su vez en tres partes. En la primera, Kojève presenta una primera etapa de Soloviev en la que este articula la noción de Absoluto en general. En la segunda etapa, lo identifica con un Dios personal y la Trinidad y en la tercera, la idea cristiana de Dios hecho hombre que completa la etapa inicial. La realidad objetiva de la idea de Absoluto, para Soloviev, se justifica solo a través de la experiencia o intuición mística que es la que aporta el contenido de esta idea. Esta intuición mística es un contacto directo con el Ser en sí mismo; es la que funda toda metafísica, pero es necesario expresarla en conceptos racionales. A la hora de sistematizar esta intuición mística (en Soloviev la idea de intuición está basada en Schelling, se trata de una percepción inmediata connatural), Kojève observa que el pensador ruso toma prestado efectivamente de otras teorías, asumiendo ciertas deducciones en forma simplificada, en vez de elaborar un profundo análisis metafísico que vaya más allá de ellas. Esta carencia aparece en la obra de Soloviev desde sus primeras afirmaciones acerca del Absoluto al que define como Omniunidad, es decir, la unidad de sí mismo y lo “Otro” distinto de sí, una unidad que abarca al ser humano, el mundo y Dios; idea que de modo análogo encontramos en Spinoza, cuya filosofía leyó de joven y del que pudo estar influenciado. En esta Omniunidad se distinguen dos polos: la unidad y la multiplicidad o totalidad. El primero es el Absoluto como tal; el segundo, es la materia prima o anima mundi, como encontramos en la Doctrina del Mundo (RM, p. 22).

Para Kojève, esta parte de la metafísica de Soloviev es una versión simplificada de la teoría del último Schelling y Jakob Böhme. El problema que tiene que solucionar no solo el pensador ruso, a su juicio, sino cualquier otra doctrina semejante, es cómo lidiar con el dualismo por una parte y el panteísmo por otra. Para evitar estos extremos, el recurso de Soloviev es adoptar la dialéctica de Schelling, lo cual le lleva a plantear como solución la identificación del “Otro” con el “Alma del mundo”, “Sophia”, o la “Humanidad Ideal” (RM, p. 24), y no con el mundo empírico. Kojève insiste en aclarar este concepto pues, aunque el pensador ruso parte del mundo empírico, lo hace sólo metodológicamente, siguiendo un método inductivo y no debe ser confundido con el materialismo. Kojève va trazando paralelismos entre Soloviev y Leibniz o Hegel. Si bien, por una parte, sostiene que hay una mayor cercanía del pensador ruso a Hegel (Lecciones sobre Filosofía de la Religión) que a Schelling; por otra, subraya que la finalidad de la doctrina de Soloviev es la de llegar a la idea de un Dios personal a partir de la noción abstracta de Absoluto. En este sentido, indica que la metafísica de Soloviev pretende ser una racionalización de las verdades religiosas dadas en la revelación pre-cristiana y es posible sistematizar tales verdades de modo independiente a los dogmas cristianos; pero, según Kojève, el pensador ruso no llega a desprenderse del cristianismo, como explica en el siguiente apartado dedicado a Teandria o Sophia.

En efecto, como Kojève aclara, el cristianismo no es solo una síntesis de verdades previamente reveladas en otras religiones, sino que aporta verdades nuevas que toman su forma completa en el Dios-hecho-hombre (Théandrie) o Segundo Absoluto. Esta es la idea en la que culmina su metafísica y es la idea bisagra entre la doctrina de Dios y la doctrina del Mundo. El problema, según Kojève, es la contradicción clara en la que Soloviev incurre y no parece haber advertido; esto es, deduce a priori el futuro del Absoluto (el Segundo Absoluto) a la vez que sostiene la contingencia y libertad de éste, sin intento de reconciliación entre la necesidad y la contingencia. Kojève indica que estas mismas características del análisis a priori atribuidas al Segundo Absoluto, se pueden aplicar al ser humano empírico (RM, p. 35). Es importante señalar que, para Kojève, la idea del ser humano así entendida en la doctrina de Dios coincide con el “contenido” del Absoluto, la materia prima, y esto no altera la idea de Omniunidad en Dios.

Kojève analiza, por una parte, en qué sentido se entiende la idea de libertad tanto en el caso del ser humano empírico como respecto de Dios, y, por otra, la centralidad de Sophia en la obra de Soloviev, quizás el aspecto más importante de su obra y de su vida (RM, p 39). Precisamente, la complejidad del pensamiento de Soloviev se puede percibir cuando tratamos de comprender el lugar que ocupa Sophia en su doctrina. Si bien es entendida como la Humanidad Ideal, por otra parte, es la humanidad “caída” en el mundo empírico, el anima mundi, como veremos en la doctrina del mundo (recordemos que para Schelling, la “Caída” es la idea de la pérdida de la unidad original). Para Kojève, podríamos entender Sophia como el nombre para el “contenido” divino concebido como Idea personal o Humanidad unitotal (RM, p. 40) pero subrayando, además, el carácter femenino de Sophia, que pone de relieve la noción de lo “femenino en Dios”. Aunque este es un aspecto altamente relevante, Soloviev solo lo usa como la determinación ontológica más general de lo femenino (RM, p. 41). Tampoco Kojève hace un análisis de este aspecto más detallado. Sin embargo, sí individualiza posibles influencias que Soloviev podría haber recibido en estos aspectos de su doctrina, fundamentalmente de Comte, Böhme y Schelling. Aquello que diferencia la obra de Soloviev de estos dos últimos, a juicio de Kojève, es la importancia que le concede Soloviev a la idea de Hombre, en cuanto ser humano coeterno con Dios y absolutamente libre respecto de Él (RM, p. 42), la Divinohumanidad. Esta idea de ser humano no se encuentra ni en Schelling ni en Böhme, pero sí en Hegel y Comte (RM, p. 43). Aunque en Comte, el ser humano no solo es igual a Dios, sino que lo reemplaza. Del mismo modo en Hegel, el ser humano se puede entender como absoluto en la medida en que no hay otro Absoluto más que el ser humano. En cambio, la antropología de Soloviev es manifiestamente cristiana, por lo que el ser humano es absoluto pero un Segundo Absoluto en virtud del primer Absoluto o Dios. Kojève lo resume así: para Soloviev, el ser humano es más absoluto que para Schelling y Böhme pero menos absoluto que el hombre para Comte o Hegel (RM, p. 43). En cualquier caso, para Kojève esta Sofiología basada en la propia intuición mística de Soloviev, es la parte más personal y original de su obra. El aspecto sobre todo original –como los traductores también subrayan en los últimos párrafos de su introducción– es que para Soloviev, el acto de pensar no es en sí mismo una acción mental, porque tampoco es una acción personal o individual, sino que el pensamiento es el nombre que damos al encuentro con lo divino; es una forma de comunicación.

En la sección dedicada a la Doctrina del Mundo (RM, p. 51), Kojève sostiene que, aunque distinta de la doctrina de Dios, el estudio de la doctrina metafísica del mundo no puede realizarse al margen de aquella. La idea que diferencia una de otra, es la noción de la “caída” de Sophia, idea que no se encuentra en la doctrina de Dios. Dicha noción, se refiere a la potencial, posibilidad ideal de separación, el llegar a la Divinohumanidad (RM, p. 52). Aunque Kojève trata de identificar nuevas contradicciones entre la doctrina de Dios y la doctrina del mundo (RM, p. 52), acaba por admitir que tomadas en sí mismas, ambas doctrinas metafísicas conforme aparecen en el sistema de Soloviev se pueden presentar sin contradicción entre ellas (RM, p. 53). Aún así, pone en evidencia una antinomia que parece habérsele escapado a Soloviev: “the antinomy implied by the notion of the becoming of a being that is eternally what it is, the progressive union in time of what is already, for all eternity, united” (RM, p. 53). Soloviev no lo aclara y Kojève tampoco, pero a partir de este punto, éste último introduce las características distintivas de las dos doctrinas: la doctrina del mundo se distingue de la de Dios por tres cosas: por el carácter de su investigación que es de orden temporal; en segundo lugar, por el objeto de investigación –la “caída”, el llegar a ser o realización de Sophia– y, finalmente, por el método.

El método de la doctrina de Dios es deductivo a priori, ya que las conclusiones a las que se llega proceden del análisis de la noción dialéctica de Absoluto, la cual es innata, inmanente o la expresión racional de la intuición mística de Dios-Amor (RM, p. 54). El método de la doctrina del mundo, en cambio, es un método inductivo, empírico y a posteriori, dada la naturaleza libre de la caída de Sophia o el Alma del mundo. Sin embargo, esta distinción metodológica según Kojève, no siempre se mantiene con rigor y aquí nuevamente aparece una cierta contradicción relacionada con la antinomia señalada antes. Para Kojève, la fuente tanto de la contradicción como de la antinomia es la idea de libertad ya que está fundada o se basa en la doctrina del Absoluto (RM, p. 56). En definitiva, la cuestión es cómo se concilia la libertad de Dios con la libertad humana. Kojève encuentra dificultades implícitas en el sistema de Soloviev de las que este último no se ha percatado ni ha aclarado, y tratará de salvar alguna de estas aparentes contradicciones. Para ello, se propone sistematizar su metafísica, como ya dijimos, pero él mismo reconoce al final que no es fácil encontrar soluciones definitivas. En qué grado consigue aclarar y avanzar los puntos discutibles del sistema de Soloviev, dejamos que el lector lo valore.

En la parte final del ensayo, Kojève indica que la filosofía de Soloviev es, en definitiva, una respuesta a la pregunta: qué debe hacer la humanidad para prepararse para el encuentro final del Alma del mundo con Dios. La solución propuesta por el pensador ruso comprende aplicaciones en aspectos, como el ético y el político, que se derivan de la metafísica, especificando el lugar del amor como camino de realización o ideal de “vida plena” (RM, p. 70); el Amor como lugar de encuentro y trasformación entre el Alma del mundo y Dios.

También hay otros aspectos derivados de su metafísica de calado social y ecuménico. Si, por una parte, la metafísica de Soloviev busca entender la realidad como una unidad, desde el punto de vista práctico, la ética y la filosofía social muestran cómo se puede superar el egoísmo de los individuos y restablecer la unidad. Soloviev trabajó, sobre todo en la década de 1880, en la unión de las Iglesias orientales y occidentales y un elemento imprescindible para ello era el entendimiento mutuo y la concordia o amor fraterno. Este aspecto a nuestro juicio es relevante, aunque Kojève no lo menciona. Soloviev nunca abandonó su interés en la transformación de la sociedad. Por eso, además de la necesidad del pensamiento se hace necesaria una acción y una política que definan el método para interceder en la vida del ser humano. Pero a Kojève, le resultan insuficientes las aclaraciones del pensador ruso en este sentido.

Al final del análisis de la metafísica de Soloviev, Kojève sostiene que la obra de este no es del todo original puesto que es, prácticamente, una simplificación de las doctrinas del último Schelling (1802-1809) (RM, p. 71). Aunque sería adecuado, Kojève no realiza una comparación en detalle pues, asevera él, sería repetir en buena parte muchas de las ideas que ya ha presentado. Además, indica que las diferencias que se podrían encontrar entre ambos no tienen relevancia filosófica, sino que obedecen sobre todo a divergencias teológicas (RM, p. 72). En las dos últimas páginas, señala que las diferencias fundamentales entre ambos son el carácter deductivo de la doctrina de Soloviev y el hecho de que este no afirma en ningún momento la posibilidad de una separación completa y final entre el hombre y Dios (RM, p. 73). En cualquier caso, Kojève subraya que la tendencia de atribuir al ser humano una libertad e independencia es mayor en Soloviev que en otros autores incluido Schelling. Pero en ambos autores, la noción de libertad plantea problemas, según Kojève. La dificultad mayor en este sentido, para Soloviev, es haber tratado de dar una solución a partir de los elementos que ha tomado prestados de Schelling.

En conclusión, Kojève se propone recrear el sistema metafísico que Soloviev no logró consumar. Hacia el final de su tratado establece una comparación fugaz entre Schelling y Soloviev. Como hemos dicho, hay muchos puntos de contacto entre ambos autores, particularmente, con el último Schelling (Investigaciones filosóficas sobre la esencia de la libertad humana), obra que Kojève señala en las notas y aunque hubiese sido oportuno, no examina con más detalle. Por otra parte, es de subrayar la importancia que tuvo para Soloviev el aspecto ecuménico, es decir, el diálogo entre las diversas denominaciones cristianas. Aunque Kojève distingue las etapas ortodoxa y católica de Soloviev, no alcanza a ver en la metafísica religiosa de éste, el espacio vital que ocupa dicho aspecto ecuménico y cuánto luchó Soloviev para llegar a ver realizada la unión entre las diversas Iglesias. No estaban los tiempos maduros.

Por último, si bien para aquellos que tienen una formación filosófica poco cercana a la dimensión mística o religiosa puede llegar a ser, cuando menos, una lectura ardua, para aquellos interesados en introducirse en la filosofía de la religión, en una mirada oriental de la metafísica religiosa o en las inquietudes filosóficas de un joven Kojève antes de su salto a la fama con las lecciones sobre Hegel, es una provechosa lectura. En efecto, la contribución de Kojève a través este pequeño volumen en número de páginas, pero de extensa temática, no solo ayuda a nuestra comprensión del pueblo ruso, sino que introduce en el debate occidental a un notable autor como Soloviev. Si apostamos por una visión filosófica multicultural, apuesta cada vez más apremiante entrado el siglo XXI, es acertado ir abriendo espacio a un pensamiento sin fronteras.

Alexandre Kojève: The Religious Metaphysics of Vladimir Solovyov

The Religious Metaphysics of Vladimir Solovyov Couverture du livre The Religious Metaphysics of Vladimir Solovyov
Alexandre Kojève
Palgrave Macmillan
2018
Hardback $69.99
VII, 81

Reviewed by: Thomas Nemeth (USA)

Kojève’s slim volume, a translation of a two-part article that originally appeared in 1934/35, while its author was conducting his famous seminars on Hegel in Paris, is itself an “adaptation,” as the translators’ put it, of a 1926 dissertation submitted as a dissertation in Heidelberg under the supervision of Karl Jaspers. This French-language article “La métaphysique religieuse de Vladimir Soloviev” was not Kojève’s first presentation of Solovyov’s ideas. He had previously published in 1930 a short piece entitled “Die Geschichtsphilosophie Wladimir Solowjews,” presumably also culled from his dissertation. Kojève was also not the first Russian to submit a dissertation to a German university on Solovyov. Fedor Stepun had already in 1910 – only a decade after Solovyov’s death – submitted a dissertation also with the title Die Geschichtsphilosophie Wladimir Solowjews to Heidelberg University.

Alexandre Kojève’s name needs little introduction to Western audiences familiar with secondary literature on Hegel. The notes from Kojève’s Parisian lectures at the École Pratique des Hautes Études on the Phenomenology of Spirit have long been available to English-speaking philosophy students. Kojève, born Aleksandr Kozhevnikov in Russia in 1902, had by all accounts a unique personality. In the same year that he completed his dissertation, he moved to Paris, where another well-known Russian émigré scholar/philosopher Alexandre Koyré happened to have established himself as early as 1912 after Husserl had rejected his dissertation. (Despite this, Koyré remained on quite friendly terms with his former mentor, who attended Koyré’s dissertation defense in Paris.) Later in life after World War II, Kojève worked in the French Ministry of Economics and from there was instrumental in establishing the European Common Market. Although a Marxist, at least of sorts, he was invited to Berlin in 1967 by radical students to whom he allegedly advised that they should turn their attention instead to learning ancient Greek!

Kojève’s book can be read from two distinct viewpoints. We can, on the one hand, comb the text for Kojève’s own positions at the time of its writing. Bearing in mind his later emphasis on the Hegelian dialectic and in particular on the master-slave riposte Kojève made famous in his reading of Hegel’s Phenomenology, we can attempt to see its anticipation here. Indeed, there are good grounds for doing just that, and we find within the pages of this book a considerable discussion of the Absolute vis-à-vis the Other. Within the framework of Kojève’s concern, this is both understandable and cannot be held to be inappropriate or incorrect. Kojève’s familiarity with Schelling and Hegel as well as with the German mystical tradition is clearly evident throughout his text. Whether Kojève’s emphasis on Solovyov’s debt to those German writers is excessive or not is for the reader to determine. No one has seriously questioned, however, that Solovyov owed a great debt to Hegel and the later Schelling, even though specific references to the latter in Solovyov’s writings are virtually non-existent.

On the other hand, one can read Kojève’s book apart from its author’s later writings, taking it as what it purports to be, namely, a secondary text on Vladimir Solovyov, which is how we shall approach the book here. Solovyov is likely to be a name less familiar to an English-speaking philosophical audience. Although generally regarded as the greatest Russian philosopher of the nineteenth century, his works are almost invariably classified as belonging to religious philosophy. We find in them, especially his early writings, hardly a trace of the concerns that would rivet either the budding German neo-Kantian movement or the logic of such figures as Bolzano, Frege, or Husserl. Solovyov, instead, was deeply religious in that his beliefs were carried over into his philosophical investigations, something that cannot be said about the other figures mentioned. Solovyov did seek to express his religious faith in the form of a philosophy employing his knowledge of both the history of philosophy and philosophical terminology, suitably adapted of course. Thus, a reader coming with contemporary analytic sensibilities will look in askance at such claims as that ideal Humanity, the Soul of the World (note the capitalizations) is an individual, free, and independent being (58). Kojève, especially in his later pages, is particularly prone to such statements without comment, let alone critical assessment. Solovyov, certainly, writes in such a manner. However, should a twentieth-century philosopher let such a claim pass freely? There are countless additional statements that Kojève affirms as Solovyov’s position and that the former fails to question or to clarify. To be sure, he offers a masterful paraphrase, but it is just that and no more than that.

We see, then, that Kojève is correct in seeing the starting point and the center of gravity of Solovyov’s thought lies in metaphysics. What Kojève does not make sufficiently clear is that his characterization applies most poignantly to the early Solovyov, but, arguably to be sure, not to his later works. Indeed, Kojève focuses almost exclusively on the early Solovyov, though he does reference from time to time Solovyov’s 1889 Russia and the Universal Church, which appeared originally in French and in some proffered periodizations belongs to Solovyov’s middle period.

As with most Solovyov-scholars, Kojève sees Solovyov’s literary activity falling into three distinct periods. Doing so is in keeping with Solovyov’s own fixation on triadic schemes. Kojève in his earlier German-language essay on Solovyov’s philosophy of history from 1930 found that the first period featured a philosophy of history under the influence of the Slavophiles. During a second period a Catholic influence predominated, and the third period or standpoint, which was also the briefest, was represented by just one writing, the three conversations known in English translation as War, Progress and the End of History from 1900. This appeared just a short time before Solovyov’s death. We could object to Kojève’s particular delimitations, but we should keep in mind that his concern in this early essay was with Solovyov’s philosophy of history, not his metaphysical system. Unfortunately, Kojève was noticeably silent on just when this supposed “Catholic period” in Solovyov’s thought began, but presumably it extended until the writing of the 1900 piece.

In the book under review here, Kojève offered a different periodization for Solovyov’s philosophical works, presumably owing to the book’s different orientation – but, nevertheless still three and only three periods. Kojève finds that the first one serves as a historical and critical introduction to Solovyov’s metaphysical system, a system that he had already in his mental possession by this time. Kojève, unfortunately, fails to demarcate how long this period extended. But it surely includes Solovyov’s first major writing, viz., his magister’s thesis The Crisis of Western Philosophy, for he there declares, as Kojève notes, that a definitive metaphysical system would emerge on Russian soil in the near future. Kojève is somewhat misleading in stating that this system would, in Solovyov’s eyes, be his own. The metaphysical system Solovyov had in mind at the time of writing his Crisis text was that presented by the Eastern Church Fathers. Contrary to Kojève’s claim, Solovyov had neither a fully formed system at this early date nor would he ever if by that we mean Solovyov had already conceived all the details. For example, when he published his major systematic work the Critique of Abstract Principles he had not yet, nor would he ever, have a hammered out comprehensive philosophy of art. Kojève characterizes the second period of Solovyov’s activity to be the shortest, and during this time he presented an outline of his metaphysics. It is from the works of this period that Kojève will draw much of his discussion. The third period is the longest. However, since Solovyov apparently at this time lost much of his interest in theoretical questions and in metaphysics proper, it is of little concern to Kojève. Indeed, the latter has little to say about the works stemming from this last phase in Solovyov’s thinking. What is hard to countenance is Kojève’s dismissal of those works on the grounds that by 1890 – and thus just after the publication of Russia and the Universal Church – Solovyov had completed the elaboration of his metaphysics and would not make any changes to it important enough to mention. In light of the fact that Solovyov explicitly rewrote his ethics resulting in The Justification of the Moral Good and started a revision of his “theoretical philosophy” immediately after doing so, it is hard to assent to Kojève’s claim.

Kojève draws his discussion of Solovyov’s metaphysics from three early works in addition to the 1889 one. Although Kojève recognizes that there are obscurities, inaccuracies, contradictions, and shortcomings in Solovyov’s works, these are not often carefully indicated. Kojève also charges Solovyov’s thinking with being often abstract and superficial, more religious than philosophical. Yet, Kojève avoids philosophical, i.e., rational, and secular criticism of that thinking. As have many other commentators on these writings, Kojève sees a marked inspiration from Schelling in Solovyov’s constructions. Kojève goes so far as to say that Schelling served almost exclusively as Solovyov’s model and that the German Idealist’s philosophy lay at the root of nearly all of the Russian’s metaphysical ideas. What Kojève does not point out is the fundamental differences between Schelling and Solovyov. One of the most striking, of course, is that for the former the “positive” reconstruction of Christianity is merely the first step on the road to a philosophical metaphysics, whereas for Solovyov his elaborations are meant as an expression of the truth of Christianity. Solovyov had no intention of replacing Christianity with philosophy of any sort.

Notwithstanding the alleged influence of Schelling, we cannot be surprised that Kojève sees as well a dialectic of the “Other” in Solovyov’s metaphysics, although he finds that dialectic to be the most obscure and most abstract part of it. Those interested in Kojève’s thought for its own sake can surely find much of interest here. Most curious, though, is that instead of seeing Solovyov’s discussion as drawn from Hegel’s Phenomenology, Kojève sees it as a “simplified and impoverished paraphrase” of the relevant speculations found in Schelling, who, in turn, is largely indebted to Jakob Böhme (23). In a sense, we cannot truly be surprised. Others even more recently, such as Zdenek David, have recognized the influence of the German mystic Böhme on Solovyov and Russian religious philosophy in general. Solovyov may have first turned to Böhme through the former’s philosophy professor at Moscow University Pamfil Jurkevich and the spiritualist circle around Ivan Lapshin, a civil servant, orientalist, and father of the St. Petersburg philosophy professor Ivan Ivanovich Lapshin. Kojève, in turn, may have been alerted to this German source of Solovyov’s own metaphysics through the 1929 book on Böhme by his friend Koyré.

Kojève, of course, recognizes that there is a certain “kinship” between the Christian doctrine of the Trinity and Neoplatonic teachings, but he finds that kinship to be extremely vague. What kinship there is between the Christian doctrine and Neoplatonism can be easily explained through the influence of Neoplatonism on early Christianity, when the latter was still in its formative stages. Solovyov himself gave neither any direct indication nor any evidence of the source or sources of his own conception of the Christian Trinity. We have no basis to hold that Solovyov was directly influenced by Plotinus or any of his disciples here. For Kojève, Solovyov saw his own version of the Trinitarian doctrine arising from his idea of the Absolute independently of the Christian tradition to which he otherwise expressed such allegiance. Solovyov’s conviction in his originality in this matter is illusory and shows the extent to which Solovyov thought was permeated by dogmatism. He believed that thinking through his religious experience he could deduce all dogmatic truths including that of the Trinity. In Kojève’s eyes, the speculations of the German Idealists, rather than the Neoplatonists, served as Solovyov’s more immediate source (28).

What we have seen thus far forms a section of the book that Kojève calls “The Doctrine of God.” The next section, “The Doctrine of World” is frankly more metaphysical, if that is imaginable. Kojève provides a faithful recounting of Solovyov’s early metaphysical position, but without extended critical reflection on it from the standpoint of concrete, empirical substantiation. Solovyov’s conception of Divine Humanity is above all the “culmination and crown” of his religious metaphysics (31). Whereas we can affirm that it is the crown of that doctrine, it strains logic to hold that it, in the same breath, is also the starting point of Solovyov’s doctrine of the world. How it can be both the culmination and starting point is unclear unless we distinguish in some ill-defined manner Divine Humanity from the world. Solovyov, after all, has precious little to say about the world apart from humanity. Even more egregious, though, is Kojève’s assertion that Solovyov’s idea of Divine Humanity, being the “keystone” of his metaphysics, is, for that reason, the pivot of his entire philosophical system. Such an assertion may be true on the face of it for Solovyov’s early writings, but it needs demonstration when affirmed of the writings stemming from the last decade of Solovyov’s life.

Kojève is on firmer grounds in claiming that the presentation of Sophia in Solovyov’s metaphysics and that in his alleged mystical experience is enormous. Since the manuscript material related to Sophia has now been widely available for some years, the reader can easily confirm Kojève’s statement that many of the elements in the mysticism associated with Sophia have equivalents in Solovyov’s early metaphysics. Yet, Kojève correctly recognizes that the Sophia depicted in that metaphysical doctrine cannot be the image he supposedly saw as a vision while sitting in the British Museum’s library and which directed him to proceed forthwith to Egypt.

Kojève holds that whereas Solovyov purports to analyze the dialectical notion of the Absolute deductively to obtain his doctrine of God, the doctrine of World employs an empirical method. It is to Kojève’s credit to recognize that Solovyov does not adhere rigorously to these two respective methods in their respective domains. In fact, Kojève is, if anything, too polite. In both doctrines, the assumptions made are staggering in number. Solovyov sees the entire doctrine of God as merely a rational deduction from what is contained in a mystical intuition of divine love. He makes no allowance for those who are unable to intuit this Godly presence, and the premises for his a posteriori, inductive doctrine of the World are similarly not ones with which everyone would agree. The early Solovyov has God doing this and that spelled out in language just as questionably appropriate as the general idea being expressed. On what basis Solovyov determines that God imparts freedom to his creation and then separates Himself from that creation is anyone’s guess. Kojève, following in Solovyov’s footsteps, apparently feels no trepidation in using the word “freedom” in conjunction with the Soul of the world, but Kojève provides no non-circular definition of the term. Indeed, even an idea itself can be characterized as free! Again to Kojève’s credit, he recognizes that Solovyov is indebted to others, particularly to Schelling, which can come as a surprise to no one. Immersed as he was in the metaphysical aspects of German Idealism, Kojève finds Schelling behind Solovyov’s formulations, with the general ideas and structure being similar (71).

There is little here in Kojève’s work that we can easily characterize as phenomenological, focusing as it does on the early metaphysics of Solovyov. Kojève makes no attempt to provide a non-metaphysical reading. Certainly, Solovyov himself understood his position as definitely, even defiantly, religious. But what we, as readers, can ask is why this work at this time. The translators in their introduction admirably discuss the difficult writing style Kojève employed. To their credit, were it not for their comments the reader would likely not realize the points they make. The English is generally smooth and flows as gently as one could wish given the abstruse subject matter. Knowing something about Kojève’s writing style might tell us something about Kojève, but it does little for our knowledge of Kojève’s thoughts on Solovyov. It would have been helpful if the translators had situated this work within Kojève’s corpus and at least have compared the ideas presented with those found in his work on Solovyov in German. Perhaps that was not their intention. But if we look at this extended essay as an intended contribution to scholarship on Solovyov, we can ask what its relationship was at the time of its original appearance to other works on Solovyov in general but particularly to those in the French-speaking world.

Unfortunately, the translators also do not inform us why they singled out this work for their efforts. Is it outstanding in some special manner compared to others? Were it not for the fact that Kojève later became widely known for his Hegel-interpretation would they have translated it nonetheless? Most regrettably, the translators do not situate Kojève’s work within the body of Solovyov-scholarship in recent years. They take no account of the vast literature in either Russia or the West that has appeared particularly since the collapse of the Soviet Union. Again, the question, then, arises: Why this work at this time? Is Kojève’s extended essay in some manner better than recent work on the same topic?

The translators’ references can be confusing or at least troublesome. Whereas the translators make the appropriate references to Solovyov’s works, these are to the now obsolete first edition of the collected works from the first decade of the 20th century instead of availing themselves of the far more accurate and detailed 21st century ongoing edition together with its detailed commentary. Additionally, the references given are always to the mentioned Russian edition even when an English-language translation exists. This poses an obstacle to anyone without knowledge of Russian but who wishes to pursue some idea further. It certainly would also have been helpful to mention the title of the individual work by Solovyov, rather than simply the volume and page number within the set of the collected works.

In conclusion, whereas the advanced student of Solovyov may find Kojève’s work unnecessary, those largely unacquainted with the ideas of the Russian religious philosopher will find this to be a splendid introduction as well as further evidence of the infiltration of German Idealism into Russia.